TEATRO: TODO

BUROCRACIA, NEGOCIO Y SUPERSTICIÓN

 “No hay una gran historia que contar”, expresa el narrador al inicio de Todo. Y podemos creerlo, si consideramos que los relatos que conforman la obra son pequeños episodios en la vida de los personajes. Sin embargo cada uno encierra grandes, enormes, ideas. ¿Por qué todo Estado deviene burocracia?, ¿Por qué todo arte deviene negocio?, ¿Por qué toda religión deviene superstición? Estas son las tres partes en que se divide la creación de Rafael Spregelburd, que se presenta, en su segunda temporada, los viernes y sábados en el Teatro Beckett. La pieza aborda estas temáticas tan universales como profundas, de manera cómica, emotiva y con sólo unas pequeñas dosis de manifiesta intelectualidad. 

“No voy a entrar en tu dialéctica”, le dice Nelly (Mónica Raiola) a Belén (Andrea Garrote). Sin embargo, la mujer no tiene escapatoria y se ve envuelta en la lógica que le propone la otra. Ambas son empleadas de una oficina pública y se enfrascan en una conversación sobre ropa que, en realidad, es una discusión sobre el dinero, la sociedad, lo descartables que algunas cosas parecen y que luego vuelven a considerarse necesarias. En su juego dialéctico terminan creando un ambiente enrarecido junto a Omar (Alberto Suárez) y Guillermo (Mariano Sayavedra). No se sabe bien cómo llegan al extremo de parecer piromaníacos, sin embargo, tiene lógica. Es que tampoco el espectador puede huir de la dialéctica propuesta por Spregelburd, que vuelve a demostrar por qué se lo considera uno de los dramaturgos más interesantes de la actualidad. Su obra posee fundamentos teóricos y filosóficos que van más allá de la historia que el espectador ve ante sus ojos. 

Las conexiones entre las partes que conforman este Todo, dan la sensación de tener un significado que no es fortuito. La dialéctica, en la que cada movimiento surge como solución de las contradicciones inherentes al movimiento anterior, es uno de los elementos fundamentales de la pieza. Y aquí el autor es bondadoso con el espectador al incluir explícitamente en la trama a Hegel, el filósofo que ha desarrollado ese concepto, quien también participa con su idea de contradicción. En lo que puede considerarse como uno de los discursos troncales de la obra, Fano (Spregelburd) nos habla de la lógica de contradicción que encierran las palabras (las ideas) al incluir en su definición a sus opuestos. Por ejemplo, la palabra amor, considerada universalmente como algo positivo, se puede utilizar para describir el narcisismo, como un excesivo amor a sí mismo. 

Sin embargo, ésta no es una pieza destinada sólo a fanáticos de la filosofía. Todo es una obra divertida, realista, creativa, profunda y emotiva. Cualquiera puede sentarse en una de las butacas y disfrutar del espectáculo. Reírse de los incompetentes empleados públicos o de un perdedor que se cree intelectual por haber escrito un libro mediocre llamado “Hegel va a las aulas”. Más allá de las risas, y por momentos a través de ellas, la obra plantea otro nivel en el que las ideas son más abstractas: ¿Por qué las cosas que están ahí desde siempre son tan difíciles de cambiar? ¿Por qué la libertad de unos representa la opresión y la tristeza de otros? 

Cada uno de los fragmentos de Todo constituye una parte necesaria para completar el sentido. En primer lugar, la oficina pública donde cuatro empleados se debaten acerca de cómo funciona y cómo debería funcionar la administración. Luego, en un contexto casi vulgar -una nochebuena con un arbolito de medio pelo- unos personajes totalmente disímiles entre sí terminan enfrascados en una discusión acerca del arte y la ideología. La comicidad, en estos dos primeros fragmentos, se produce mediante el tono crítico y satírico que ya es marca registrada de Spregelburd. La risa no está allí por el sólo hecho de divertir al espectador, sino que es parte del análisis que plantea la obra. Nos reímos del empleado que se “hace necesario” escondiendo un documento y esperando a que todos desesperen para finalmente firmarlo y devolverlo al circuito burocrático. Esa risa encierra el reconocimiento de lo ridículas e innecesarias que son algunas realidades con las que convivimos.

En la última parte, los códigos, el lenguaje y el ambiente cambian radicalmente. Se vuelven intensos, angustiantes y demoledores. Ya no hay más risas del lado del público. El espectador puede entristecerse con la historia de un niño de tres meses en quien la madre deposita todos los temores que pueden existir. Lo cual lleva a otras grandes preguntas. ¿Por qué la religión encierra una serie de símbolos sin sentido que producen una fe ciega? ¿Por qué el miedo a contradecir sus mandatos puede atormentar aún a aquellos que dicen no creer? ¿La religión es como un mecanismo de control para mantener con miedo a la gente?

Las actuaciones, la bella música compuesta por Zypce, la escenografía, la utilería, las proyecciones audiovisuales. Todos estos artilugios se encuentran concertados armónicamente. Sin embargo, ninguno es el protagonista sino acompañamientos necesarios para que el texto fluya. La obra en sí es lo relevante: las palabras y las frases empleadas, las relaciones entre los personajes, sus pensamientos, las situaciones que transitan. 

Para lograrlo, Spregelburd cuenta con las consistentes actuaciones de El Patrón Vázquez, el grupo que fundó allá por 1994 junto a Garrote. Las excelentes interpretaciones de los miembros de la compañía, a la cual se suma en esta oportunidad Sayavedra, no hacen más que darle al texto el papel protagónico. A pesar de la homogeneidad en el trabajo de los actores, Garrote se destaca sin esfuerzo debido a que pone en juego su ductilidad y gracia a la diversidad de personajes que le toca presentar: desde una mediocre empleada pública, hasta la aterrada y triste Celina, pasando por la excéntrica koreana Dai Chi.

Además de los personajes que desarrollan su acción frente al espectador, existe un narrador para cada uno de los fragmentos. Por momentos, no es fácil atender a ambos niveles discursivos. Entonces el espectador decide, por ejemplo, prestarle atención a la graciosa Dai Chi, entregando unas tarjetas saborizadas a los comensales de Nochebuena, o a la narradora contando cómo una obra de arte puede convertirse en una tortura para una persona. Y las risas del público provocadas por la grotesca situación de ver a un grupo de adultos chupando unas tarjetas coloridas pueden llegar a eclipsar la más profunda reflexión que viene del más allá.

En Todo, existe una gran cantidad de elementos complejos, definidos en contraposición a los demás, que cada espectador podrá analizar y jerarquizar según su subjetividad. ¿Por qué algunos objetos están presentes y otros no? ¿Son estos los realmente importantes y por eso su representación debe quedar librada a la imaginación del público? ¿Es importante descubrir cuál es el sentido del final? La cantidad de explicaciones y puntos de vista que pueden darse sobre la obra es proporcional a la cantidad de espectadores que aprovechen esta singular oportunidad de ver a Spregelburd actuando y dirigiendo en nuestro país.

Todo, de Rafael Spregelburd
Con Rafael Spregelburd, Andrea Garrote, Mónica Raiola, Alberto Suárez y Mariano Sayavedra
Dirección: Rafael Spregelburd
Viernes 20:30 hs. y sábados 20:00 hs. | Hasta el 30 de julio
Teatro Beckett | Guardia Vieja 3556 | Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Entradas: $60 y $40 (estudiantes y jubilados)